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El Mosquito, periódico semanal que se autodefinía como "satírico-burlesco con caricaturas", apareció por primera vez el domingo 24 de mayo de 1863.
Esta publicación -de 4 páginas, impresa en papel diario, que editaba, en sus inicios, unos 1500 ejemplares que se distribuían por suscripción-, tomaba como modelos a dos reconocidas colegas europeas: en sus primeros números, sus redactores anunciaban que sus caricaturas "serán de la clase de las del Chavari, de París, y del Punch, de Londres".
A pesar de estas referencias foráneas, en nuestro país había una larga tradición en este tipo de revistas: una veintena de publicaciones había precedido a El Mosquito (sólo si contabilizamos las impresas después de la caída de Rosas, febrero de 1852). Entre otras, algunas de fugaz existencia, El padre Castañeta ("crítico, burlesco literario, político y de costumbres"), Aniceto el Gallo ("gaceta joco- tristona y gauchi patriótica") y El Diablo (que en su número 26 había presentado su primera caricatura).
La aparición de El Mosquito constituyó un momento singular de esta rica historia de las publicaciones periódicas argentinas: puede ser considerada, a diferencia de sus antecesoras y del casi centenar que se editó entre 1863 y 1893, como la primera de carácter profesional e independiente (es decir, que no constituye una práctica militante), que recurrió a la caricatura como herramienta principal para expresar sus críticas mordaces y a la que transformó en su principal atractivo. Al principio, sólo una de sus cuatro páginas estaba ocupada por una caricatura, después fueron dos (las centrales) y, al final, tres, reduciéndose progresivamente el espacio destinado a los textos (nunca los de publicidad).
El primer número, editado por Meyer & Cía, fue impreso en los talleres de P. Buffet (aunque a partir del cinco esta tarea pasaría a ser responsabilidad, y por bastante tiempo, de la famosa imprenta de Pablo Coni) y la administración de la empresa estaba, por entonces, en la calle Florida 292 (mudándose infinidad de veces a lo largo de su existencia editorial).
Uno de los fundadores de la publicación fue también su primer caricaturista y editor: el francés Henri Meyer (como franceses serían la casi totalidad de los dibujantes que pasaron por sus páginas, tal los casos de Adam, Julio Monniot y Ulises Advinent, por mencionar sólo a los que realizaron esa tarea en una primera etapa, hasta 1868). Entre los redactores, se destacaron el propio Meyer (bajo el seudónimo Trisagio Berruga) y Eduardo Wilde (Julio Bambocha), el prestigioso médico que llegaría a ser, durante la primera presidencia de Roca, ministro de Justicia e Instrucción Pública, quien, hacia 1868, se alejaría de la publicación para dedicarse a su profesión pero dejando en ella la marca indeleble de su estilo mordaz.
Con el correr de los números, el staff se fue modificando: fueron cambiando los editores responsables de la publicación: después de Meyer, ocuparon ese lugar Mamerto García, Milhas Victor y Luciano Choquet; y también los ilustradores.
En abril de 1867, El Mosquito encaró una nueva etapa empresaria: se transformó en diario y adoptó una nueva línea editorial. En su epígrafe se leyó, a partir de entonces, "diario burlesco noticioso y comercial"; su tirada fue de 2000 ejemplares y sólo publicaba caricaturas (en ese momento de Adam) los domingos. Presentó noticias, información de la Bolsa, avisos de remates, el movimiento marítimo y hasta publicó un folletín por entregas. Pero esa iniciativa fracasó rápidamente y, al mes, volvió a su condición de periódico ("satírico, burlesco"), publicándose al principio dos veces por semana (jueves y domingo) para luego volver a ser semanario retomando -en septiembre de 1867- su tradicional día de aparición: el domingo (siempre con sus caricaturas, ahora también de J. Monniot y U. Advinent).
El Mosquito debió atravesar por entonces una etapa empresarial crítica que llevó a que Luciano Choquet reemplazara a Milhas Victor como editor responsable. Después de una edición en la que no apareció la habitual caricatura en las páginas centrales, reemplazada por un texto tipográfico de enorme tamaño que anunciaba "una desgracia" (con la caricatura) que, luego, nunca se explicó, será el momento de la parición del también francés Henri (Enrique) Stein como ilustrador. Su primera colaboración apareció en el número 277 del 10 de mayo de 1868 y plasmó, todavía con un estilo distante del que lo consagraría, la situación política del momento: el presidente Bartolomé Mitre, los candidatos Justo José de Urquiza y Rufino de Elizalde ocupan el centro de la escena y son el objeto de su creatividad.
El ingreso de Stein fue un punto de inflexión en la historia de la publicación. Su presencia marcaría el inicio de una segunda, prolongada y fructífera etapa: permanecería en ella durante 25 años, hasta su cierre en 1893, y llegaría, primero, en 1872, a figurar como director-gerente; para terminar, después, transformándose en su director-propietario en 1875. A partir de entonces se torna casi imposible diferenciar la historia de la revista de la biografía de su principal y talentoso ilustrador que había nacido en París en l 843, obtenido su diploma de dibujante en la Asociación Politécnica de Saint- Denis. Arribó a la Argentina a los 22 años con la intención de dedicarse a la apicultura en una isla del Delta, emprendimiento fracasado que lo llevó a trabajar, en primera instancia, en una empresa de muebles -era conocedor del oficio de ebanista- para terminar, mientras daba clases particulares de dibujo, ingresando como colaborador a El Mosquito que necesitaba, en ese momento, con urgencia un caricaturista.
La presencia de Henri Stein reforzó el carácter "profesional-independiente" de la publicación (su condición de extranjero y su escaso compromiso con la historia del país contribuyeron, seguramente, a esto). Incluso fue, algunas veces, duramente criticado por su moderación -a pesar de lo contundentes que parecen las imágenes de esta muestra- desde las redacciones de las revistas colegas que |
le disputaban el espacio (y el público) con un lenguaje (escrito y gráfico) mucho más comprometido políticamente y claramente dirigido contra el oficialismo de la época -el roquismo- (al que, es cierto, desde las páginas de El Mosquito, sin ser una publicación abiertamente oficialista, se lo apoyó).
Una anécdota ejemplifica claramente el concepto de "independencia" política del nuevo ilustrador. Hacia 1874, El Mosquito aparecía identificado políticamente con los intereses en ese momento opositores del autonomismo de Adolfo Alsina (por quien el mismo Stein, a lo largo del tiempo, mantuvo su admiración) y, de un modo indirecto, realizaba "campaíía" a favor de su candidatura presidencial. Los mitristas (Mitre aspiraba frente a las elecciones de 1874 a ser electo nuevamente presidente), preocupados por el arraigo popular de la revista, le ofrecieron al propio Stein hacerse cargo de una publicación financiada y favorable a su sector, La Presidencia. Éste aceptó (era director-gerente de El Mosquito) con el siguiente argumento: cMi labor no es de político, es de dibujante". Y se hizo cargo de la particular situación de tener que combatir, desde las páginas mitristas, ia su propia publicación! (bajo el seudónimo de Carlos Monet). Algunos contemporáneos conocedores de esta situación (que no era pública e incluso ignorada por sus companeros de El Mosquito) y algunos historiadores juzgaron severamente esta actitud calificándola más como "mercenaria" que como "independiente".
Sin embargo, con el correr de los años, el espíritu liberal y anticlerical que Stein traía de Francia encontraría la posibilidad de canalizar sus simpatías ideológicas en el ideario de la generación del '80, (en particular con el roquismo y sus derivaciones políticas) y fue comprometiéndose (y comprometiendo a la publicación) con una visión más "oficialista" pero, por eso, no menos burlesca (la admiración de Stein por la figura de Roca y la coincidencia con sus posturas políticas serán permanentes a través de los aííos). Sin embargo, hacia esta época, en el epígrafe que iba debajo del logotipo de la publicación (que también irá modificándose con el correr de los números) se remarcaba: "Periódico semanal. Independiente, satírico, burlesco y de caricaturas" (el subrayado es nuestro).
Muchos fueron los que acompanaron a Stein en ese largo tránsito de veinticinco años por las páginas de El Mosquito, entre los dibujantes: Carlos Clérice (el único de los ilustradores nacido en la Argentina, pero de padres franceses), Faría, Demócrito (seudónimo del español Eduardo Sojo, que se haría caricaturista célebre desde las páginas de Don Quijote, una talentosa y combativa publicación satírica) y E. Damblans (otro francés que compartió la portada con el director propietario y lo reemplazó cuando éste hizo un largo viaje por Europa).
Paralelamente a su labor periodística, Stein abordó otras tareas comerciales vinculadas con su especialidad artística: instaló una pequeña galería de arte (con óleos traídos de un viaje a Europa) y mantuvo siempre una librería que sería la principal proveedora de Buenos Aires de materiales destinados a la litografía, la fotografía y el dibujo artístico, que iría transformándose, con el correr de los años, en un emprendimiento cada vez más importante cuyo lugar de venta al público seguía las mudanzas de la administración de El Mosquito (o al revés), hasta casi llegar a ser una sola y misma cosa.
Naturalmente, las actividades comerciales de Stein se beneficiaban con el éxito de la publicación, en cuyas páginas eran anunciadas permanentemente, constituyendo la publicidad otra de las características peculiares desde los orígenes de El Mosquito: los importantes espacios destinados a avisos comerciales ponían en evidencia su sesgo profesional y no partidista.
La revista se constituyó, a lo largo de su historia, en un producto comercial a la vez que en vehículo publicitario de otros productos. La Hesperidina de Bagley, por ejemplo, bebida por la que se realizó la primera campana publicitaria en sentido moderno en la Argentina, fue anunciada en las páginas de El Mosquito.
Después de oficiar con sus caricaturas durante un cuarto de siglo como intérprete e historiador de un mundo político encerrado en su propia lógica, a veces tan distante de la gente, al que, por no pertenecer, podía observar "desde afuera" (de allí la posibilidad de la burla y de la sátira) Stein vio disiparse una y otra vez sus esperanzas y sus ilusiones políticas, y esos desengaííos también fueron plasmados magníficamente en las páginas de El Mosquito.
Creyó y se comprometió con la candidatura de Juárez Celman. Poco después sobrevino una descomunal crisis económica y la revolución del 90. Desde su perspectiva europeizada, no llegó a comprender (ni a aceptar) el fenómeno de Alem y el radicalismo, la nueva fuerza popular surgente, a la que siempre miró con desconfianza y tono crítico.
En julio de 1890, como preanuncio de cierto hastío, vendió el título de El Mosquito a una sociedad anónima que nombró a un nuevo editor responsable, aunque Stein permaneció a cargo de la administración y de los grabados. A principios de 1892, su nombre ya no figura en la portada pero de su pluma son los dibujos que se involucran decididamente con la candidatura de Luis Sáenz Peña, impulsada por Roca y Mitre. Otra vez le tocaría ser testigo de un fracaso.
Espiritualmente agobiado, se llamó a silencio con el número 1580 del 16 de julio de 1893 (en la última imagen se ve a Luis Sáenz Peña cocinado a fuego lento por la oposición). De allí hasta su muerte, en 19l9, Stein se dedicaría exclusivamente a la actividad comercial en su próspera librería artística instalada en la recientemente creada Avenida de Mayo (entre Chacabuco y Piedras).
El Mosquito se volvió, entonces, parte de la historia a la que había contribuido irreverentemente a desentrañar.
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